8 de enero de 2012

Vos no perdés nada

Quizás nunca palpés con ternura una cicatriz...

Parece que no has aprendido a entregar por entregar. Así, sin esperar una llamada de vuelta, un beso, una presencia: un cuerpo que se compagine al tuyo.
Por eso dejaré de escribir tu nombre en mis hojas amarillas. Yo pierdo una ilusión, el espejismo de un amor que nació de proyecciones erróneas sobre un hombre que ahora anhelo arrojar por la ventana del olvido. Como mi historia con vos nunca empezó y en consideración con tu miopía, te diré lo que has perdido —olvidálo más tarde, es que ahora me sangra el corazón—:

Te perdés del misterio que esconden mis ojos.
Te perdés de las epifanías que hay tras mis silencios.
Vos te perdés mis caricias, esas que cargadas de ternura y pasión son capaces de estremecer a las inertes y sólidas piedras.
Te perdés mis contradicciones; los atardeceres de mis ojos miel.

Y al final, vos no te perdés de nada, porque vos te has enamorado, pero no sabés qué es el amor. 
Le Papillon  ღ ¸




12 de noviembre de 2011

Carta de una fugitiva

Te advertí que yo no era alguien de fiar; que huir era mi mejor habilidad. Ayer te dije que sí, pero hoy ya no es igual. Quise dejarme amar, pero nunca me resultó fácil hacerme a la idea de que alguien estuviese dispuesto a intentarlo…

Quizás te riás ahora mientras leés estas líneas. Quizás te sorprenda mi ego y te preguntés: ¿acaso pensó que era en serio?  Qué sé yo; me cuesta creer que las personas puedan mentirme, sobre todo cuando quiero, pero el engaño no es una ficción y a mí me ha vuelto desconfiada, por eso las dudas. Y bueno, eso ahora qué más da.

En todo caso, te pido perdón si tuve gestos que prometieran algo que no cumplí. Creo que dejamos de entendernos en el momento en que te dije que amaba la contradicción. Para vos era como algo inaceptable, o al menos así lo sentí al observar la expresión de tu rostro, mientras te contaba porqué me identificaba con el salmón y su nado contra la corriente.

Y digo “Creo” porque aún las cosas no están muy claras para mí. Solo quería hacerte saber que esa no fue la primera vez en que salí corriendo cuando alguien quiso entregarme su corazón. Quería que supieras también, que no es fácil ser una fugitiva del amor. El arte del escapismo me ha envuelto en un torbellino de soledades infinitas. Aún me pregunto si es mi naturaleza o es el miedo lo que me impulsa a la huida repentina.

Aún sigo sola, esperando a ese que me desarme con la mirada. A ese que creí haber encontrado un jueves mientras hacía fila para un concierto de Calamaro. Ese dieciséis de octubre, unas cuantas baldosas me separaban de los ojos más hermosos del mundo. Pensarás que estoy loca, pero desde aquel día sueño con ellos.
Por casualidades de este teatro en el que algunos son títeres y otros titiriteros, volví a ver con frecuencia al dueño de aquellos ojos. Entendí, que a pesar de ser una experta para zafarme del compromiso, siempre sería prisionera del silencio.
Hola, ¿cómo estás?
Bien, ¿y vos?
Bien
Y a seguir caminando. Saludos fugaces, encuentros fugaces. Y de vez en cuando, una que otra pregunta irrelevante de mi parte, para ganar ser vista por esos ojos unos segundos de más.

Si soy realmente honesta, no es del todo una historia triste. Si tuviera una cerveza en este instante, no dudaría en levantar mi mano y brindar por mis amigos; por la bendición de su presencia en esos momentos en que por poco, también se escapa mi alma. Además, en casa todo está bien. A excepción de unas cuantas goteras que ha dejado el invierno. Nimiedades ¿verdad? Sé que vos al igual que yo, desearíamos que reparar nuestro pasado fuera tan sencillo como mover un par de tejas.

Ya no sé a quién pertenece esta carta. Quería pedirte disculpas a vos, y terminé hablando de él, que no está y de mí, que a fin de cuentas soy lo que callo.

Condenada a seguir corriendo, deseo tropezarme algún día con alguien dispuesto a reparar los callos que deja la soledad. Cuando el milagro del encuentro suceda, espero no tener miedo de entregar mi corazón; espero no salir corriendo cuando sienta palpitar entre mis manos el regalo que tanto había esperado.

 Le Papillon  ¸

Imagen de “Los amantes del Círculo Polar”

25 de octubre de 2011

Lecciones para una posible periodista

Era la primera vez que leía un libro en una noche: el libro estaba lleno de cuentos hermosos, de cuentos de amor, de tardes con corazón, de junios y saudades. Yo estaba embriagada, no quería parar hasta el final, hasta encontrar a los dos gatos: Fermina y Florentino, hasta descubrir al escritor.

En aquella madrugada declaré mi eterno por amor por el escritor y un año después le comenté a alguien que yo lo leía esperando el aforismo que me hiciera la vida más llevadera. Ahora, tal vez como siempre, lo leo buscando el personaje que me explique la tristeza, que me enseñe a decir adiós, que me muestre el amor. Hay que decir que soy pésima alumna aún.

César Alzate fue el primer escritor que conocí en la vida, de esos que de verdad escribe, con novelas y todo, también periodista y mi profesor en la academia. Una man ahí, simplemente encantador. Encantador. Debo confesar que me enamoré de su escritura leyendo sus estados en Facebook, después de haberme resignado a que no sería mi profesor de Literatura. Y ahí empezó mi historia de siempre aparentes derrotas con el escritor: cuando creí que no sería mi profesor y no sería más que un mito, un rumor bueno que corría entre los otros estudiantes por su materia, apareció para ser mi profesor más adelante de Redacción. Cuando terminó la clase de Redacción y supe que de mí no quedaría nada en su recuerdo le escribí una carta cual enamorada. Pero la historia no podía morir así nomás, yo me negaba a aceptar que él se fuera, que me quedara un simple contacto en Facebook, yo venía extasiada con sus Medellinenses y quise hacerle un perfil. Y le hice un perfil y cuando parecía que ahora sí final de finales volvió a ser mi profesor, esta vez de Periodismo III y de pronto, cuando menos lo imaginé, lo digo porque él me hizo la mujer más feliz del mundo al escribirlo, se convirtió en amigo.

Todo suena confuso. ¿A qué cuento escribo la palabra derrota para referirme a mi relación con el escritor? ¿Por qué este texto se llama Lecciones para una posible periodista, si hasta el momento debería llamarse Historia de un primer amor literario? ¿Por qué mejor no me callo mi historia de groupie?

Pues vea, querido lector, respondo mis propias preguntas: En algún lugar debía consignar el amor por este hombre, por sus letras, por su humor negro. Por ahí debía quedar que en alguna otra vida creo que lo amé y quizás fue un amor imposible. Pero sobre todo deben quedar aquí algunas lecciones que ya todos sabemos, pero que vale la pena recordar, para los que amamos el oficio de escribir y ser periodistas. Porque señores y señoras, por las cuestiones de la vida este escritor me visitó. Visitó esta tierra que cada vez se pone más fría, Abejorral. Por las cuestiones de la vida, puedo decir que este hombre me conoce más de lo que imagino yo pueda llegar a conocerme alguna vez.


Primera lección: Seguridad. La aprendí en el viaje, mientras llovía y el camino se ponía más difícil y cada vez era más noche. Pensé en la frase de Talese: “Con frecuencia, escribir es como conducir un camión por la noche sin luces, perderse en medio de la carretera y pasar una década en una zanja”. Gracias Nata. Yo estaba histérica, yo me imaginaba en un barranco y ahí estaba él, maravillado por los relámpagos que iluminaban el camino, calmando mis nervios, seguro conducía y manejaba las luces y hasta contaba historias. Tranquilo, sin prisa, pero no lento: así me imagino que escribe.

Algún tiempo después cuando le recriminé que fuera exagerado, contundente como siempre me dijo: “No digo nada de lo que no esté seguro”.

Segunda lección: Datos. Hay que decir que Sebastián, el adorable compañero de viaje, también aportó a estas lecciones. En la entrada del pueblo, S. comenzó la lluvia de preguntas: cuántos habitantes, cuánto presupuesto, cuáles son los candidatos, qué clima, para qué esto, para qué lo otro… Y aunque me rajé en el cuestionario, me gustó la siembra de curiosidad que quedó: S. Abejorral tiene 8.000 habitantes en la zona urbana.

Tercera lección: Pregunte. El querido profesor, amigo ya, no soportó mi timidez y me lanzó a la difícil batalla de preguntar. Fue verdugo, no me permitió retroceder, si ya nos habíamos perdido debía encontrar una salida. Es que no puede existir un periodista con miedo a la pregunta, no puede existir un periodista que no quiera saciar su curiosidad, no hay periodista sin curiosidad.

Cuarta lección: Sea humano. En cierto momento lo vi dándole de comer a un perro callejero y  pensé en Fernando Vallejo y recordé a una de mis mejores amigas. Yo nunca he sido muy amiga de los animales. Ni de los niños. Ambas criaturas me merecen mucho respeto y protección y con lo torpe que soy siempre temo hacerles daño. Pero un periodista está en contacto con toda clase de criaturas, con las  fuertes, con las débiles y en el respeto hacia el otro basa su profesionalismo. Lo vi humano y me gustó, me gustó ver a mi escritor alimentando al cachorro sin importar que el hambre solo lo pudiera calmar por unos instantes. A todas estas, la humanidad siempre termina generando desprecio, lo que no hacen los animales.


Fueron dos días de aprender a mirar un pueblo a su lado y al lado de S, de reconocer que me suelo dar por vencida sin empezar la batalla, que hay mucho de este Abejorral que no conozco. Mientras aprendía periodismo a su lado, leí su primera novela. Mientras él leía a Borges o a Youcernar, yo lo leía a él. Al César de hace unos años. Una experiencia rara: leer a un  autor que tenés al lado. Eso sí, si algo debo decir de esta Ciudad de todos los adioses es que siempre lastima ver que el tiempo nos convierte a muchos en lo que nunca quisimos ser.

Coda:

Es hermoso que los niños jueguen en tu barrio y que en el libro los niños jueguen en su barrio. Cuanto diera uno porque los niños siguieran jugando en el barrio y nunca crecieran para toparse con el amor y el trabajo: con el primero el corazón se rompe, con el segundo se acaban los sueños.

Cerezo en flor.

Fotografía: GELS. Una fotografía que una gran amiga hizo, en un principio, para mí.

26 de septiembre de 2011

Así pasó

Al chico misterioso
Y yo que pensaba que lo imposible no podía ser posible. Hablo de esos amores que están ahí, que los miras y te sientes encima de una nube; esos amores que por alguna razón llegan a uno. Y así pasó: un día lo vio sentado en un parque mirando a la nada, o, tal vez, mirándolo todo. Pero no fue una vez, sino dos, tres y muchas más. Sin conocerlo el corazón le latía, las manos le temblaban y otra vez sus ojos brillaban. Entonces entendió que él estaba destinado a ser en la vida de ella uno de esos amores en los que día y noche se piensa en cómo conocerlo. Y nada, nada, pasa. Nada sigue sin suceder. Pero un día, uno de esos donde todo pasa por casualidades de la vida, lo conoces. Intentas entonces hacerte a la idea de que solo es uno de esos amores imposibles que nunca te dará más que la hora. Vos desearías no soñar, pero soñás algo más. Y así, porque la vida es así, ilógica, otro día cualquiera ella termina dándose cuenta de que él siente lo mismo, que a él también le late el corazón y se le iluminan los ojos por ella, que él sueña con tenerla cerca, con besarla. Ahora los dos se miran y sonríen, ahora los dos viajan por la misma nube. Y yo, entre tanto, ya no sé qué pensar de lo imposible, que se vuelve posible.
Tormenta.

7 de septiembre de 2011

A vos

A vos que te hablé de escribir de los dos. ¡Qué digo! De vos. A vos. A mí. A los reprimidos del amor. A vos que estás lejos. A vos que quizá un día pensaste en mí. A vos que cada tanto asaltás mi cabeza. A vos te quiero.
A vos por quien creí ser capaz de dar la vida. A vos que me causaste insomnio. A vos que me convertiste en una loca que persigue, en una histérica, celosa y hasta intensa. A vos a quien amé en silencio y luego no tan en silencio. A vos que debés de quererme por lo menos un poco. A vos no te he olvidado, pero de esto no te preocupés, ya controlo la locura.
A vos que estás conmigo. A vos que te aguantás mi cantaleta, que por cierto, como buena histérica, no es poca. A vos de verdad te amo.
Sombra.